MENSAJE DEL PARROCO

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, Señor y Salvador nuestro, un saludo de hermano, de amigo y de pastor.

 

2020, un año cargado de emociones, negativas y positivas; un año en el que parece que “Covid 19” tiene la última palabra, pues como rey universal, parece regir los destinos del mundo. Pero como dice el libro de la Sabiduría: “Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no las afectará ningún tormento” (Sab 3, 1).

 

Estamos en el mes de junio, y la Iglesia nos invita a vivir el valor de la Eucaristía, con el Lema: “Lo reconocieron al partir el Pan” (Lc 24, 31). 

 

Quizás todos conocemos el episodio de los Discípulos de Emaús, el día de la Resurrección. Estaban desconcertados, estaban experimentando el “sin sentido de la vida” cuando Jesús está ausente. Ellos conocieron un hombre, poderoso en obras y palabra (Cf Lc 24, 19), el hombre en el que descansaban todas sus esperanzas. Esperaban un libertador (v 21), un libertador, quizás, al estilo de Moisés, que liberó al pueblo hebreo de la esclavitud del faraón en Egipto; Gedeón, que los liberó de los madianitas; Sansón, que los liberó de los Filisteos, etc.

 

Jesús les había hablado de un reino de paz, de justicia y de libertad y ellos lo veían como el rey de ese reino, y no se equivocaron, pues lo era, pero no a la manera de los antiguos reyes y libertadores que había tenido el pueblo, pues nunca fueron verdaderamente libres, porque la verdadera libertad del hombre la da el tener a Dios dentro, en su corazón, en entregarse y someterse a su voluntad y vivir para él.

 

Pero sus discípulos no lo entendían del todo, porque no había llegado el momento. Jesús les había hablado de resucitar de entre los muertos, pero ellos no lo habían entendido. Por eso esos dos discípulos se vuelven a Emaús abatidos, desconsolados y sin esperanza; han abandonado el camino que habían recorrido con Jesús y sus apóstoles, pero con ellos van los recuerdos y las enseñanzas que tienen de aquel hombre, y la van comentando y lamentándose por el camino.

 

Para consolarlos se les une un tercero, desconocido, un forastero que parece no saber lo que ha pasado en esos días en Jerusalén y ellos intentan explicarles y es el forastero quien termina explicándoles a ellos el misterio de Dios en su hijo Jesús.

 

Al final del camino, parece llegar el momento de la separación, es el momento de practicar lo que Jesús ya les había enseñado, la hospitalidad, con la cual, inconscientemente ponen de manifiesto, que no pueden vivir sin Jesús y le dicen “Quédate con nosotros, Señor” (Lc 24, 29) y Jesús, para quien nunca el camino tiene un final, porque él es el Camino, se queda con ellos, la caminata juntos los ha unido, ya son amigos y pueden pasar la noche juntos; ya en casa se disponen a cenar juntos, entonces el Señor “sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció” (vv. 30-31).

 

 

Jesús se quedó con ellos y en ellos. Es lo que Jesús hace en cada EUCARISTIA: camina con nosotros, nos explica las escritura, se sienta con nosotros a la mesa, bendice para nosotros el pan, y nos lo reparte. Lo único que Jesús no vuelve a hacer, es desaparecer, no se queda con y en nosotros.

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